
La educación chilena ha estado sufriendo una serie de transformaciones en los últimos 20 años que han marcado hitos transcendentales y sin retorno a nuestra sociedad. Estos cambios van desde el orden político hasta el académico, pasando por los estamentos rectores como el Ministerio de Educación y la Agencia de Calidad. Ahora bien, de nada se ha hablado más los últimos dos años en materia de educación escolar que de la ley 21.545 o llamada “Ley TEA”, acción reglamentaria que tiene como finalidad garantizar mejores accesos al sistema educativo a estudiantes con la condición espectro autista (CEA).
Y si querido lector, esta ley fue promulgada el día 10 de marzo del año 2023. En ese entonces, recuerdo muy bien a muchas familias del entorno donde trabajo celebrando este hito, celebraciones que se han desvanecido durante el tiempo al encontrarse con una pared de concreto donde destacan bloques como la desinformación, recursos, resistencia al cambio y un fenómeno que durante las ultimas semanas ha dejado entrever el odio de un sistema educacional enfermo.
Un sistema que evidencia deterioro en todos sus ángulos: docentes agotados, estudiantes que hacen oda a la violencia, convivencia y psicosocial atrapados en la burocracia, directores resistentes al cambio y familias sobrepasadas. Todo esto, se muestra como un caldo de cultivo efectivo para que surjan situaciones de difícil manejo.
La ley TEA, aparentemente ha sido más un cuidado paliativo. Si bien es un avance tremendo el reconocer las necesidades de miles de estudiantes y familias, se ha transformado en lo que la gente quería escuchar, pero la ley es ambiciosa y el sistema enfermo genera anticuerpos que vienen a formar resistencia.
Las noticias recientes demuestran un síntoma más: la escasa empatía y uso del criterio se han movilizado hasta llegar al odio. Este odio con forma de “ahora todos son TEA” o “como TEA hay que tratarlo con pinzas”, han estado construyendo una representación inexacta de lo que pasa en el sistema educativo.
El desafío más grande que expone esta ley, es el que ha creado un ambiente falso de aparente segregación estudiantil, en donde hay estudiantes que requieren atención especial y otros que no. Pero nada más alejado de la realidad, puesto que el primer principio de la educación inclusiva hace referencia a que todos tenemos diferentes barreras para el aprendizaje y la participación, es decir, todos tenemos necesidades diferentes. Entonces, no hay que preparar a las escuelas para atender a los estudiantes con TEA, sino que hay que preparar a las escuelas para atender a toda la diversidad.